
Como eco de la producción y el consumo de masas, la muerte se serializa. La cantidad de vidas exterminadas —humanas y no humanas— es descomunal e inaprehensible. Los cuerpos se amontonan, se ocultan en fosas, se desmiembran, se disuelven, se borran, se olvidan. La magnitud, la simultaneidad, la imposibilidad de nombrar, modelan el desconcierto frente a la acumulación de cuerpos asesinados. Cada cadáver, cada huella, cada resto, es testimonio de un orden social que fabrica formas de aniquilación. No toda muerte tiene rostro, pero toda ausencia habla de estructuras que la preparan: que matan antes de asesinar, que rigen nuestras relaciones como competencia sin límites, que nos alimentan con veneno, que fundan vínculos interpersonales en el abuso, que vacían la vida de contenidos concretos, que separan a quienes merecen vivir de quienes deben ser sacrificados. No son fallas en la normali...leer más






